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Cómo viven en Corea del Norte los extranjeros occidentales

Cómo viven en Corea del Norte los extranjeros occidentales. La maquinaria de la diplomacia occidental llevaba días trabajando en tratar de conseguir la liberación del estudiante australiano Alek Sigley. Y lo consiguió el jueves pasado.

La detención de Sigley es la primera de la que se tiene noticia desde el arresto de Otto Warmbier. E hizo temer por un caso similiar: Warmbier era un turista estadounidense que fue condenado a trabajos forzados en Pyongyang en 2015 y que, año y medio después, fue enviado de vuelta a su país, donde llegó en coma y falleció a los pocos días.

Sigley llevaba más de un año viviendo y trabajando en Corea del Norte. Estuvo detenido durante varios días hasta que finalmente fue liberado tras las gestiones realizadas por el enviado especial del gobierno sueco en Corea del Norte, Kent Härstedt.

El joven, de 29 años, se trasladó hasta Tokio, donde reside su esposa. Tras su liberación, el ministro de Interior de Australia, Peter Dutton, le instó a no volver a Corea del Norte, advirtiéndole que no debe exponerse nuevamente a ese tipo de situación porque “podría terminar de manera muy distinta”.

Curiosamente, no se dieron a conocer las razones que llevaron a la detención de Sigley.

En muchos de sus textos publicados en internet, Sigley evitaba criticar el sistema político norcoreano y, en lugar de ello, se dedicaba a describir las peculiaridades de su sociedad.

Pero, ¿cómo llegó Sigley a vivir en uno de los países más aislados del planeta?

Muy pocos extranjeros

En general, los extranjeros que residen en Corea del Norte pueden dividirse en dos grupos: los occidentales y los chinos.

Pekín es el aliado más próximo y cercano de Pyongyang. Desde que el año pasado mejoraron las relaciones entre ambos países, la cifra de turistas chinos se ha incrementado notablemente.

El profesor surcoreano Dean Ouellette, de la Universidad Kyungnam, calcula que hasta 120.000 turistas chinos viajaron a Corea del Norte en 2018. La cifra marca un claro contraste con el número de ciudadanos occidentales que cada año visitan el país: menos de 5000.

Pero, el número de occidentales que viven en Corea del Norte es aún más reducido. Andray Abrahamian, un investigador especializado en temas norcoreanos y un visitante frecuente, estima que en ese país viven apenas unos 200 occidentales.

Casi todos ellos residen en la capital, Pyongyang, y están vinculados con unas pocas embajadas y misiones humanitarias extranjeras allí presentes. También hay otros relacionados con temas de educación superior, como el programa de intercambio de profesores en el que participa la Universidad de Ciencia y Tecnología de Pyongyang.

¿Cuán difícil es residir en ese país?

La mayor parte de los occidentales que viven en Corea del Norte están allí en “circunstancias muy especiales”, señala John Nilsson-Wright, un experto en Relaciones Internacionales de la Universidad de Cambridge.

“Es relativamente inusual que la gente pase un tiempo muy prolongado en Corea del Norte, usualmente ellos están allí en el marco de algún programa gubernamental de duración predeterminada y son muy pocas personas”, explica a la BBC.

Fuera de esas áreas se hace muy difícil conseguir una visa, incluso para trabajar en una organización no gubernamental.

Ouellette indica que las organizaciones necesitan contar con un socio o patrocinador norcoreano que responda por ellos.

“En el caso de las personas que quieran permanecer en el país durante periodos más largos, este proceso de escrutinio se hace más exigente y probablemente implique la participación del ministerio de Seguridad del Estado”, apunta el experto.

Contactos internos

La necesidad de disponer de una red de contactos internos para poder viajar al país también es evidente en el caso de Sigley.

El estudiante australiano viajó a Corea del Norte por primera vez en 2012, utilizando una visa de turista.

Un año más tarde, estableció su propia empresa, Tongil Tours, con la que organizaba giras culturales para extranjeros por Corea del Norte. La promesa fundamental de la compañía es una experiencia “segura, educacional e inolvidable”.

Entonces, Sigley realizó decenas de viajes a ese país y construyó las redes que necesitaba para inscribirse como estudiante en la Universidad Kim Il-sung, la más importante de Corea del Norte.

“No hay un proceso de admisión abierto, por lo que conseguir una plaza depende con frecuencia de los contactos que tengas en el país”, escribió Sigley en una entrada de su blog.

“Yo hice algunos amigos que estaban dispuestos a hacerse responsables por mí y que me ayudaron a solicitar el ingreso. A pesar de eso, llegar hasta el final del proceso me tomó dos años de intercambios de correos, una declaración personal, un examen médico y un certificado policial que confirmara que no tengo historial delictivo”.

Sigley inició recientemente una maestría de dos años en Literatura coreana. Entonces, destacó que él era uno de los tres alumnos occidentales matriculados en esa universidad, los otros dos proceden de Canadá y Suecia.

Según la prensa estatal china, cada año Pekín otorga 60 becas con todos los gastos pagados mientras que otros 70 estudiantes costean sus propios estudios.

Libertad sin precedente

Pese a las dificultades para que un extranjero se convierta en residente en Corea del Norte, las ventajas que tienen sobre los turistas son notables.

En su blog, por ejemplo, Sigley comentaba sobre la libertad que tenía para desplazarse por la ciudad, en comparación con los turistas que deben estar siempre acompañados por un guía y que solamente pueden visitar ciertas áreas permitidas.

“Como residente de larga duración con visa de estudiante, tengo un acceso casi sin precedente a Pyongyang. Soy libre de caminar por la ciudad, sin que nadie me acompañe”, escribió.

En su blog, Sigley cuenta sobre su vida en Pyongyang y refiere, por ejemplo, cómo le gusta deambular por la ciudad.

“En ocasiones, era un poco extraño estar por allí durante horas y no toparse con ni un solo extranjero. No vi a ningún otro extranjero en la calle durante todo el semestre, excluyendo los lugares obvios como el área cerca de la residencia estudiantil o en la zona de las embajadas”.

“Pero nunca me hicieron sentir como si no fuera bienvenido ni me dijeron que no podía ir a cualquier parte”, relató en agosto de 2018.

Sin embargo, Abrahamian asegura que incluso como residentes los occidentales no tienen acceso a “muchos lugares -incluyendo restaurantes, edificios y barrios-” debido en parte a que no disponen de algunos elementos requeridos para ello como, por ejemplo, una ficha emitida por el gobierno que se usa como forma de pago en los locales de comida.

Además, ellos tienen que vivir en el marco de una serie de normas delicadas. Interactuar con la población local está mal visto y tomar fotografías en lugares públicos es arriesgado.

En su blog, Sigley da cuenta de las incertidumbres que tienen los extranjeros en relación con la asistencia a actos oficiales.

Así, por ejemplo, en septiembre de 2018 -cuando se cumplían los 70 años de la fundación de Corea del Norte- contó que casi no obtuvieron información sobre los actos de celebración prácticamente hasta el mismo día que se realizaban.

Refirió que mientras ese días los estudiantes universitarios extranjeros fueron convocados, no ocurrió lo mismo con la mayor parte del personal de las organizaciones internacionales ni de la embajadas que solo recibieron invitaciones para los jefes de las delegaciones.

“Nunca podés dar nada por sentado mientras estás aquí”, señala Nilsson-Wright, quien recuerda lo ocurrido con Otto Warmbier, tras cuya muerte Estados Unidos prohibió a sus ciudadanos visitar Corea del Norte.

Otto Frederick Warmbier, el estudiante norteamericano que estuvo detenido en Corea del Norte, en 2016

“Como puede verse en el caso Warmbier, los visitantes occidentales con buenas intenciones pueden incumplir con normas locales que les pueden ocasionar consecuencias duras y, en ocasiones, mortales”, apunta.

Abrahamian considera que la mayor parte de los occidentales que viven en Corea del Norte son conscientes de esos peligros. “Pese a lo difícil que es, merece la pena construir vínculos con esa sociedad. Creemos que el contacto es la mejor manera de reducir la sospecha y de abrir al país”, añade.

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